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Olga
Sinclair: Fiel
a sí misma
Por: Ángeles Ramos Baquero, Panamá, 1999
Historiadora y Critica de Arte
No
hay artista si no es filósofo de su idea, buscando belleza en sus
pensamientos.
Olga
Sinclair
Olga Sinclair sueña con pinturas. Sueños maravillosos de colores
y formas perfectas, personajes enigmáticos en ámbitos dominados
por una lucha sin descanso entre figura y fondo, perspectiva y composición.
Batalla final entre luz y color, donde siempre vence la imperiosa necesidad
de crear, pues para Olga la pintura es su pensamiento, su voz y su palabra.
En esta nueva obra presenciamos con asombro, una nueva pasión en esa
búsqueda intensa de la artista por discursos más profundos
y llenos de significados. Sus pinturas, siempre cautivas de la férrea
disciplina del dominio de una técnica depurada, cuidada y desarrollada,
ya al amparo de una madurez llena de fuerza, nos enfrentan hoy a una obra
definida por la fidelidad a una expresión más directa e inmediata,
en la que prevalecen sentimientos poderosos y directos.
Atestiguamos en esta nueva obra, cuyo vehículo indispensable es el
formato de gran tamaño, evidentes cambios en el estilo de Sinclair.
Sin renunciar a su lirismo, consustancial a la profunda espiritualidad que
define su arte y sentimiento, Olga se nos ofrece cómoda en una madurez
plástica sorprendente y llena de calor, que la separa de la lírica
serena que caracteriza su obra anterior.
Una interesante reflexión sobre lo masculino y su mundo, a través
de la mirada escrutadora de la artista -valiéndose del cuidadoso estudio
del desnudo académico- , se construye e interpreta desde la
recuperación del tema clásico "EL
DISCÓBOLO" hasta la
meditación sobre la misma naturaleza de género en "NACIMIENTO
DE UN HOMBRE BUENO". Los lazos invisibles de la solidaridad masculina, que
se desarrollan al amparo de los juegos de la infancia, - de esa camaradería
ruda que une y separa a los hombres al abrigo de la inevitable necesidad
de competir y vencer en los juegos y en la vida -, se nos presenta con una
profunda intimidad y capacidad de comprensión en "AMIGOS
DE LA INFANCIA".
La pintura de Olga deja de ser en esta exposición "pintura de mujer"
para ser al fin solo "Pintura", sin ese sentido tan marcadamente femenino
que antes tenía.
"A PRAYER FOR FRANCIS" nos permite una mirada analítica sobre las
influencias artísticas que gravitan en los contenidos, formas fuertes
y directas que sobresalen en las obras de esta muestra. El homenaje al artista
irlandés Francis Bacon , se construye a partir de una figura central
moldeada desde los volúmenes masivos característicos de Bacon.
De esta figura se generan a su vez otras, que le agobian y retienen, recuperado
así la permanente crisis y tortura en la que están prisioneros
los personajes característicos de la temática baconiana.

Un perceptible lazo ata la obra de esta muestra a la tradición
artística que de forma más decidida influye este momento de
madurez artística de Olga Sinclair. Desde la inspiración en Bacon reconocemos ecos en el manejo del color, las formas y la solución
a propósito ambigua de la perspectiva que nos llevan desde Giotto
y Van Gogh hasta Alfredo Sinclair. Masivas áreas de color contenidas
gracias a recursos geométricos, son expresadas en rectángulos,
cuadrados y elipses que dan unidad y coherencia a la relación de figura
y fondo.
La fantasía azul de "TRES MUJERES VESTIDAS DE NEGRO", el desnudo femenino
donde el color se impone al interés en el modelado propio de la forma
en "DANCE OF LIGHT" y la "DANZA NOCTURNA" reflejan tres humores diferentes
que señalan los caminos artísticos de Olga Sinclair y de alguna
forma recuerda en estas telas las enigmáticas figuras femeninas de Jan Vermeer cobijadas en sus típicos ambientes intimistas.
Usando un mínimo de elementos, regida por un acusado sentido crítico
que le permite reconocer cuando ha dicho en su pintura aquello que deseaba,
reconocemos en los volúmenes casi escultóricos de sus bodegones,
" TARDE DE INVIERNO", " TARDE DE OTOÑO" y "BODEGÓN DE NOCHE"
los fuertes contornos que contienen las formas con un sentido que nos recuerda
los colores y efectos de los vitrales góticos y la evidente influencia
de Georges Rouault y por supuesto Alfredo Sinclair.
Tal vez nunca Olga Sinclair ha deseado ser más fiel a sí misma
que en la obra que presenta en este momento. Maneja los elementos
pictóricos y composicionales hasta que resumen con valores puramente
estéticos y formales su pensamiento. Con una evidente economía
de figuras y formas logra una fuerza expresiva que emana de la misma pintura.
Resulta una obra profundamente reflexiva sobre el mismo oficio de pintar
en la que logra que a través de una narrativa fluida se impongan y
prevalezcan el imperio de los valores plásticos.
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