Crítica                                  

 

 

OLGA  SINCLAIR

CANTO A MICHELANGELO
(vea obras en esta exposición)

Por:  Victoria Moreno
Panama, mayo 2003

Olga Sinclair elige homenajear a un hombre que ha sido grande en todas las tres artes - sino tomamos en consideración su abundante, excepcional e intensa producción poética - y escoge aquella que le fue predilecta y congenial a su temperamento: La Escultura, tarea difícil para quien no tiene la capacidad de una visión que domine las cosas y las sensaciones que la guíen. La artista nos conduce a través de la elaboración de un lenguaje significativo de una concreta realidad; para un artista “sentir” significa apreciar todas las analogías, o sea, “ver” continuamente algo más.

En estas obras que hoy presenta el Museo del Canal Interoceánico, está explícita con la máxima lucidez, sea el procedimiento creativo, sea la meditada posición de la última Olga Sinclair en el debate artístico. Es en esta muestra en su Homenaje a Michelangelo Buonarotti, homenaje que yo llamaría “Canto a Michelangelo”, que la vemos situada en una planicie que mide un círculo en el horizonte de 360 grados, que se siente en medio del mismo- ya sea que cambie posición o se mueva - está siempre al centro del círculo, al límite del horizonte. Un centro continuamente variable, por ello sus obras presentan una estructura curvilínea continua; todo en ellas está presente: el prospecto, los flancos, los dorsos,  dándonos en su variación el carácter de su convergencia.

Alegría del color, alegría de las formas, sentimiento profundo de los cuerpos, están presentes, se pueden “leer” en estas obras de Olga Sinclair,  ello lo demuestra La Aurora  y  La Notte,  la síntesis lírico-poética de este estudio está lleno de ritmos cromáticos, envueltos en una atmósfera emotiva. Sus rosados, sus amarillos y sus verdes-grises,  tonalidades que nos transportan y nos dan esa sensación tanto de una aurora como de una noche. Su belleza estética es expresión inmediata de una belleza espiritual.

Al mismo tiempo vemos con claridad el sufrimiento, la conciencia de un mundo que no puede resolverse únicamente en visión idílica, pero en la afirmación de un “fare artistico”, de un manifestarse de la conciencia de la artista como participación al drama.

En La Pietà con Nicodemo la artista nos presenta el drama Michelangolesco que se deslíe en un epicureismo consciente y formal: en  un perfecto ritmo compositivo de las figuras dispuestas según la línea  “serpentinada” -         teorizada por Lomazzo como en  El Rapto de las Sabinas, hoy en Loggia Della Signoria en Florencia-  al rostro sucumbiente y plegado del Cristo sobresale la figura de un Nicodemo plácido y casi melancólico en su coherencia plástica.

En los trazos mismos de estas Pietà Pallestrine reconocemos por un lado el aspecto de su profundidad e intensidad. Aquí la artista ha afrontado directamente el problema del color-luz librándose de cualquier estructura entendida cual elemento subordinado a la acción de la luz misma: asistimos en un cierto sentido a un volcamiento de términos a una mutación que nuevamente pone todo en discusión. Estos estudios nos conmueven por motivos que van mas allá de su belleza, nos tocan el corazón porque involucran muchas hipótesis. Observándolas, nos encontramos con efectos de luz negativa, negativa en apariencia, que sin duda son un punto de arribo en la pintura de Olga Sinclair. Sus superficies moduladas en colores bajos: violáceos, rosados, grises-rosados, suscitan en el espectador emociones, presentándoles una visión cargada de vivas tensiones; una declaración poética ejecutada con lucidez especulativa que nos hace vivir sentimientos profundos, casi llevándonos a zonas del inconsciente. Este tríptico nos  envuelve en un manto místico, nos invade de un sinnúmero de sensaciones , sensaciones que son madre de revelaciones interiores.

El complicado itinerario de esta Notte nos fascina, nos llena de intensas armonías y discordancias de colores; tal dialéctica juega entre momentos tonales y un color chato; su espacio oscila entre profundidad y superficie. La artista es consciente libre de obrar por interrelaciones y cambios de su adquirido repertorio escénico y emblemático: la dialéctica pura, directa entre pintor y “energía cromática”.

El tríptico de las Pietà Rondanini  exprime un progresivo espiritualizarse de los medios  expresivos de Olga Sinclair. Son una ventana abierta hacia un espacio-otro . Su búsqueda ha rechazado el considerar el cuadro un objeto, o sea, rechaza la literalidad del significado; estos trabajos no quieren significar nada de extrínseco a su estructura y a su visión: no están en relación al mundo, pero como una alternativa, como una verdad en sí misma. No es acaso que el contenido de su pintura sea en este caso la ambigüedad óptica. Olga Sinclair quiere detenerse a observar el juego de las estructuras perceptivas con las cuales la tradición occidental ha buscado reflejar las cosas, de poner en contacto los objetos.

Verificando los mecanismos ilusionísticos, articulándolos según los principios de ambigüedad de la psicología de la forma, ella  se mantiene a los límites de lo ignoto, de ese ignoto que la exhalta que siempre ha exhaltado a los artistas.

En el caso del tríptico de las Prigioni , estas obras se desarrollan  sobre un vertical mutable, y no hay duda de la dificultad para no decir imposibilidad de una “total lectura” de ellas  con una sola ojeada,  pues nos ponen en condiciones de tener que involucrarnos y no ya en un plano óptico-visual de esta dialéctica en la cual son negados y afirmados en su apremiante oposición, elementos absolutos y relativos: en la sutil y férrea lógica de esta manera particular de “fare-pittura”.

Siendo los cuadros grandes en su concepción, es necesario un ojo paciente para poder entrar dentro de ellos. La lectura y re-lectura de cada particular no hace mas que aumentar nuestro goze, como la comprensión de la obra. La luz y el espacio vienen tratados con espontaneidad dentro de un sistema armónico. Estas obras son más europeas que latinoamericanas en los efectos pictóricos tangibles y conclusivos; más latinoamericanos en la inmediatez casual del diseño.

Sobre estas Prigioni quisiera señalar –porque este tríptico contiene un fuerte lenguaje codificado- un problema que es típico de todo el Arte Moderno en el sentido que el Arte Moderno lo ha evidenciado, lo ha hecho emerger, lo ha agudizado, o sea: el problema de la actitud del artista-del verdadero artista- y consideramos que Olga Sinclair lo es, ante el lenguaje codificado. Es la constante disponibilidad humana, el rechazo al complaciente solipsismo formal e intelectualístico que da sustancia de realidad humana y poética, ajena a cada casualidad, a esta fase de las obras de Olga Sinclair.

La obra de arte posee una cualidad misteriosa: resiste al tiempo; los significados que tenía los pierde, asume otros, o encuentra aquellos perdidos, pero vive en un variarse continuo de sentido: por ello la obra de Olga Sinclair es viva, porque está en continua mutación, si no muta la obra no pertenece al arte, pertenece a la historia.
 

 

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