OLGA
SINCLAIR EN BOGOTÁ
Por: Pedro
Querejazu Leyton
Historiador
del arte y crítico boliviano que actualmente reside en Bogotá.
Bogota, Colombia, Octubre 2004
Esta
artista panameña expone por primera vez en Bogotá, desde el 30 de
septiembre hasta el 31 de octubre, en la sala del Centro Cultural del
Convenio Andrés Bello. La muestra está compuesta por once pinturas
grandes, colgadas a buena altura en las altas paredes de la galería,
gracias a lo cual su presencia se hace imponente al espectador,
acrecentando la grandilocuencia formal y temática de las propias obras. El
catálogo de la muestra, pequeño y bien diseñado en formato horizontal,
tiene dos textos de presentación institucional y un análisis a cargo de
Eduardo Serrano, respetado y acreditado crítico del arte colombiano.
Serrano hace una meticulosa filiación formal y temática de la obra de la
artista, partiendo de Bacon, para seguir con los artistas colombianos con
los que la obra de Sinclair tiene semejanzas formales o temáticas, tal
como Luis Caballero; sin embargo, su texto no habla de la obra de la
artista.
Lo que la
artista ha traído a Bogotá es una selección de su trabajo más reciente. La
muestra tiene tres grupos temáticos: naturalezas muertas, amantes y partes
de un homenaje a Miguel Ángel Buonarroti. Las naturalezas muertas son:
“Estudio de bodegón”, “Sólo una pera” y “Bodegón horizontal”.
El grupo de amantes es de tres piezas: “Casa de Baccus”,
“Disturbing angel” y “Pareja de amantes”, y trata una temática
frecuente en la obra de la artista, figuras de parejas entreveradas en el
acto amoroso, el abrazo sensual, tierno, cariñoso, consolador o también
doloroso y desasosegado. El homenaje a Miguel Ángel, pues, algunas de las
pinturas, ya fueron expuestas en Panamá, el 2002, en el banco HSBC, es de
cuatro piezas: un tríptico inspirado en los “Esclavos” que el
artista florentino hiciera para el mausoleo de Julio II, piezas que se
exhiben en la Academia de Florencia, y “La notte”, inspirada en la
figura del mismo tema, que forma parte del mausoleo de los hermanos Medici,
en San Lorenzo de esa misma ciudad. Las obras del homenaje a Miguel Ángel
son el remanente del encuentro de Olga, durante su estadía en Florencia,
de hace algún tiempo, con la obra del artista del Renacimiento. Son
pinturas inspiradas en esas famosas obras inacabadas que son contundentes
y expresivas en su manejo y en sus formas y son tremendamente sugerentes,
precisamente por inconclusas. Por su relación formal y el tema de la
escultura, a este grupo se puede añadir una quinta pieza, “Lanzador”,
inspirada en la estatuaria griega y romana existente en el Museo
Capitolino de Roma, y en particular en el discóbolo de Mirón, y
que, en este caso, parece hacer alusión a los recién pasados juegos
olímpicos de Atenas-2004.
Desde los
años de la década de los ochenta, Olga ha aclarado significativamente la
gama de su paleta, entonces caracterizada por azules y púrpuras, ahora por
ocres y tierras. Por otra parte han ganado en expresión gestual. La
pintura de Olga Sinclair ha cambiado paulatina y sutilmente en el
transcurso del tiempo, habiendo empezado por los formatos pequeños y de
interior de recámaras femeninas a grandes lienzos que dominan los
espacios. Ha ido cambiando de obras suaves y difuminadas a manchas
impactantes y pinceladas dinámicas y expresivas, ricas en materia aplicada
a brochazos o con golpes de espátula. Ahora trabaja sobre grandes fondos
planos que, en muchas oportunidades son atravesados por líneas verticales
y horizontales, que seccionan y fraccionan esos planos, enfatizando los
espacios reticulados con variaciones o cambios cromáticos que aportan
tensión dramática al tema de las obras.
La obra de
Olga también ha cambiado su representación formal, de figuras femeninas de
manos grandes, rodeadas de elementos de la vida cotidiana, y pintadas con
esfumatos que las hacían blandas y suaves. En las obras expuestas en
Bogotá, el desarrollo de los temas está dado por las figuras que,
compositivamente, tienen una centralidad clásica. Las figuras son
desarrolladas sobre planos cromáticos, que la artista va modificando con
capas sucesivas de color, dándoles matices, volumen, creando espacio y
ambiente. En otras palabras, la artista va construyendo sus obras desde
los planos de fondo, creando figuras, añadiendo ritmo en función de las
formas y expresión por los colores y por la expresión y gestualidad de la
pincelada, aplicando al final grandes brochazos de gesto circular que
rubrican las piezas.
En
contraposición a las tensiones dinámicas de los planos y los centros y los
ritmos gestuales de la pincelada y la espátula, sus obras parecieran
serenas y meditativas. Este efecto lo produce el manejo centralizado de la
composición y las formas envolventes y autocontenidas. Pese a lo expresivo
de los colores y las pinceladas los dramas representados son
introvertidos, tratándolos como meditaciones o involuciones del dolor del
alma. Los actos amorosos no son explosivos o exuberantes, si no que son
posesiones íntimas o son caricias acogedoras, que también pueden ser
dolorosas o acaso cruentas. Por eso, la gran empatia conceptual de la obra
de Sinclair con la de Miguel Ángel, pues las de este artista son obras de
intensos pero contenidos mundos interiores, propios del Manierismo, que
anuncian lo que luego seria la explosión dinámica del Barroco. En las
obras referidas a los amores de pareja, el erotismo es en realidad tenue,
complementado por la sugerencia, mediante elementos como el bloque de
piedra compuesto de dos piezas encastradas por el machihembrado y el
escenario de los amores, una cama circular, representada en forma vertical
componen la hilación temática, más allá del abrazo de dos, o tres cuerpos
desnudos. La artista recurre a metáforas o símbolos de la unión amorosa
para completar la afirmación de lo que los protagonistas acaso no terminan
de decir. Cuando trata las naturalezas muertas, estás parecieran ser
dinámicas y expresivas, pero en realidad, fieles a Olga misma y
enfatizando por las características del tema, son serenas.
Olga pinta
mundos externos, que van desde lo cotidiano y ritual de la naturaleza,
pasando por la memoria de impactos vistos, hasta los amantes, pero siempre
a modo de relato o crónica, más que de confesión, testimonio vital o
exposición de los personales demonios interiores. Esta relación se
extiende a los objetos de las naturalezas muertas y a las esculturas como
objetos. Olga pinta temas tratados por la escultura; es decir, piezas que
son tridimensionales y que por tanto varían formalmente según el ángulo
desde el que se las mira. Son representadas por Olga en la captura de un
instante visual o memorial.
La
propuesta artística de Olga Sinclair es tradicional, tanto por la
ejecución plástica como por el contenido. Es el tipo de obra, de pintura,
que adoran los coleccionistas y las instituciones. Es pintura en su forma
más tradicional; óleo y acrílico sobre lienzo: pintura de caballete. En
cuanto a la parte estética, es también tradicional porque toma la
enseñanza y el aporte de sus mayores, su padre, Alfredo Sinclair, y otros
pintores panameños. A eso se añade una preferencia por los temas de la
figura humana, tan constante y exquisitamente trabajada por los pintores
renacentistas, porque también hace el vínculo con algunas de las grandes
figuras de la pintura de la segunda mitad del siglo XX, como Francis
Bacon, eligiendo un tipo de manifestación pictórica que se enmarca dentro
de la neofiguración y el neoexpresismo, que tiene importantes
protagonistas en el arte de América Latina como Luis Felipe Noe.
Olga
Sinclair se ha distanciado respecto de las otras formas de expresión del
arte actual, incluso dentro de la pintura en su forma tradicional. Cito
como referencia a la obra de los cubanos José Bedia o Julio Larraz, el
mexicano Julio Galán, el argentino Guillermo Kuitca, o la boliviana
Guiomar Mesa, sin ir más allá. La distancia es mucho mayor de aquellos
procesos de vanguardia en las mediaciones tecnológicas y desde luego de
las propuestas transdisciplinarias, efímeras y virtuales.
Por todo lo
expuesto la obra de Olga Sinclair es testimonio de las propuestas formales
del arte panameño actual, pero no de lo novedoso y creativo que están
produciendo las más jóvenes generaciones de artistas de ese país. La
exposición está auspiciada por la Embajada de Panamá en Colombia, y las
embajadas no suelen presentar el arte de vanguardia o de los jóvenes
artistas, muestran más bien la de aquellos de prestigio consolidado y
reconocidos internacionalmente y ese es el caso de Olga Sinclair.
Las
pinturas de Sinclair no aportan novedades plásticas pero ciertamente es un
deleite contemplarlas. Este aspecto nos trae a consideración la
problemática actual de la pintura como forma de expresión plástica. La
pintura ha estado presente a lo largo de toda la historia del homo sapiens,
y no parece que fuera a desaparecer en la era del homo urbis et orbis de
este momento. Lo que ha podido cambiar y ciertamente seguirá cambiando son
las técnicas y los modos de usarla. La pintura ha estado sustentada por
muy diversos medios y soportes desde la saliva de los primeros hombres de
la prehistoria que soplaron con su mano en el muro de piedra, o mojaron
sus manos en tierras de color para dejar improntas, pasando por los
temples, grasas, resinas, y otros materiales sobre muros, tablas, lienzos,
metales, papeles, etc. Los avances o revoluciones técnicas han cambiado
las maneras de pintar, maneras que, también hay que decirlo, han estado
siempre vinculadas a los códigos culturales de cada momento y lugar. Así
el óleo se vincula a la pintura de caballete pero también coincide con el
momento de desarrollo y eclosión de la burguesía urbana de la Europa de la
Baja Edad Media. Siglos más tarde, la aparición de la fotografía anunció
para algunos agoreros la desaparición de la pintura. Lo que pasó es que la
fotografía cambió la manera de mirar y entender la realidad. La fotografía
fue fotografía y la pintura siguió siendo pintura, aunque dejó de usársela
como medio de documentar el mundo y, pese a todo, también siguió haciendo
eso. Por eso no es de extrañar que ya varias bienales de arte americano
han planteado el tema de las técnicas, los soportes, las mediaciones
tecnológicas y la creación, como la XXIII Bienal de Sao Paulo y la III
Bienal del MERCOSUR, que dedicaron parte de sus propuestas a analizar la
pintura como modo de expresión, que fundamentalmente usa la mancha y el
color, independientemente de la mediación tecnológica.
Mucho del
arte contemporáneo actual ha buscado ir más allá de los soportes y los
medios, ha recurrido a la transdisciplinariedad y la virtualidad, y acaso
las artes mediáticas han capturado la mayor parte de la temática y el
lenguaje que tradicionalmente era propia de las artes visuales o las
bellas artes, en su acepción tradicional. En este sentido, viene a ser
coincidente que también se haya realizado en Bogotá, en estos mismos días,
el Segundo Salón Artrónica, de artes electrónicas, convocado por el Banco
de la República y otras entidades. Por lo dicho, la pintura, como medio de
expresión plástica ya sea tradicional o hecha con nuevas mediaciones
tecnológicas, no pareciera estar en riesgo de extinción, aunque sí irán
cambiando las maneras de hacer. Los museos y entidades encargadas del
registro y preservación de la cultura, así como las entidades públicas y
privadas que quieren destacar su prestigio institucional han venido
priorizando la adquisición de pintura. Otro aspecto importante a tener en
cuenta es el significado que la pintura tiene para los imaginarios
colectivos, según los cuales, la pintura tiene el valor de la permanencia
en el tiempo, el valor de obra mayor y sigue siendo el medio de expresión
colectiva y plástica más comprendido.
En
conclusión, entre las cosas interesantes que se presentan ahora en este
mes de octubre en Bogotá está la exposición de Olga Sinclair,
especialmente después de unos aburridos meses de agosto y septiembre,
marcados en la escena del arte plástico y visual por el deplorable Salón
Nacional de Artistas.