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Crítica |
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"Olga Sinclair”
Museo del Canal Interoceánico
Por:
Mónica E. Kupfer Art Nexus No. 50 (sept.-nov. 2003), páginas 148-149. _____________________________________________________________________ “Homenaje a Michelangelo Buonarroti, escultor” es el título de la más reciente exposición de la pintora panameña Olga Sinclair organizada por la Galería Mateo Sariel y presentada en el Museo del Canal Interoceánico en la ciudad de Panamá. Se trata de una muestra de pinturas que hacen eco, en óleo sobre lienzo, de piezas escultóricas del gran Miguel Angel, tales como la Noche, la Aurora, las Pietás de Rondanini, Nicodemo y Palestrina, así como los famosos Esclavos. Como quien observa modelos humanos, la artista basó sus pinturas en esas famosas esculturas de hace 500 años, muchas de las cuales seguramente le impresionaron durante su visita a Italia, con motivo de su reciente exposición en Florencia. Constituye un elemento común en el arte postmoderno la apropiación de modelos del pasado y la práctica de hacer alusiones a obras de grandes maestros de la historia del arte. Dentro de la obra de Olga Sinclair, a través de los años, se encuentran pinturas que citan o hacen homenaje a notables figuras del arte holandés como Rembrandt, Rubens y Vermeer, por lo que esta nueva meta es consecuente con su desarrollo artístico. Sin embargo, se trata de un reto que también conlleva cierto peligro pues las citas de imágenes emblemáticas pueden variar desde una mera imitación de las formas hasta la reinterpretación de un mensaje estético atemporal. Es clave comprender que en esta serie de trabajos, Olga Sinclair se inspira en la escultura y no en la pintura de Miguel Angel. Salta a la mente la tan repetida aseveración de que aún en sus ciclos pictóricos, Miguel Angel fue fundamentalmente un escultor. La artista panameña sugiere con esta muestra la relación inversa pues se trata de una pintora que no practica la escultura pero que se empeñó por reproducir en sus lienzos el impacto y las masas volumétricas de aquellas representaciones humanas que el gran maestro italiano logró tan cabalmente en mármol. En la inauguración de la muestra, Olga Sinclair hizo referencia y honra a la grandiosidad de Miguel Angel, a la vez que mencionó a quien fue su primer maestro en el arte: su padre, el reconocido pintor panameño Alfredo Sinclair, quien se ha distinguido por su habilidad como colorista y su rol como primer artista abstracto en Panamá. Por su parte, la obra de Olga Sinclair ha reflejado una preferencia por la representación de figuras humanas desde sus inicios hace unos treinta años con dibujos en carboncillo de jóvenes mujeres, estudios en blanco y negro de figuras en sfumatto. A pesar de su enfoque en la figura humana, los años probarían que Olga ha sido la mejor discípula de su padre, precisamente por el hábil manejo del color que ha desarrollado a lo largo de una carrera que se inició con su primera participación en una exposición de arte a los catorce años y que hasta el momento ha incluido una treintena de muestras individuales en Latinoamérica, Europa y Asia. Ya en 1982, José Gómez Sicre describió sus composiciones como “sutiles, evocativas, subjetivas y extremadamente líricas, sin implicaciones literarias ni ilustrativas...se concentra en la figura humana pero provee sólo una visión esquemática de la realidad...” De aquellos estudios en carbón, pasó a la creación de pasteles y óleos, generalmente en pequeños formatos, en los que fue incorporando el color de manera progresiva. Eran composiciones románticas de figuras femeninas aisladas, lánguidas, con ojos cerrados o rostros ocultos, como inmersas en un largo sueño. Hacia fines de los años ochenta y principios de la década siguiente, Olga Sinclair, quien vivió por varios años tanto en Bolivia como en Indonesia, intensificó sus colores, creando composiciones en formatos cada vez más grandes. Se multiplicaron y fortalecieron las figuras, así como los contrastes entre claridad y sombra, y la artista fue depurando cada vez más sus bodegones. Atrás quedó la tenue atmósfera onírica de antes, aunque no el ambiente de ensueño y somnolencia. En obras con un nuevo carácter anecdótico, mujeres o figuras masculinas como monjes u obispos aparecían con vestimentas y sombreros, en habitaciones oscuras, rodeadas de objetos de uso cotidiano, a menudo como bodegones sobre mesas. Un cambio importante se presentó alrededor de 1999 en el trabajo de Olga Sinclair, precisamente en una exhibición titulada “Renovación”. Con un aliento innovador, la artista se enfrentó a su verdadera habilidad como colorista, abandonando las figuras anecdóticas de sus obras anteriores. Con ello, inició una etapa en la que la figura humana aparecía definitivamente subyugada al color, convertida en un elemento para transmitir humanidad y dinamismo. Este cambio era patente tanto en sus imágenes de rostros como en las composiciones de cuerpos humanos, ahora desnudos o bañados por una gran libertad de colorido, como en sus nuevos bodegones que demostraban una bienvenida madurez pictórica en las que las frutas eran formas, colores y expresión. En los años posteriores, la liberación ha continuado, pues las obras de principios del nuevo milenio muestran a una artista que se ha entregado cada vez más a los valores abstractos de la pintura y la sensualidad del cuerpo humano, tanto en aislamiento como en poses dinámicas y abiertamente sexuales. Hasta sus bodegones adquirieron una sensualidad voluptuosa que presagiaban sus obras anteriores pero que se ha cristalizado recientemente. Sus mejores bodegones son aquellos en los que ya no hay mesa ni mantel, ni tazas vacías, ni jarrones sin flores, sino más bien elementos compositivos cuya única misión es el color y que sólo hacen referencias vagas a la cotidianeidad. Todo este desarrollo nos lleva a la exposición actual de una artista que se atreve a tomar prestadas las figuras de los mármoles de Miguel Angel, para llevar adelante su exploración del cuerpo humano, pero sobre todo del color y la sensualidad como ejes de su trabajo. El conjunto de pinturas expuestas produce una sensación altamente dramática de figuras desnudas, de poder físico, de un esfuerzo por alcanzar la reducción a lo esencial y por insinuar lo espiritual a través de lo mortal. Resulta desconcertante la nota de inocencia en algunos rostros, en comparación con la intensidad emotiva que caracteriza los originales italianos. Asimismo, en algunas figuras, a pesar de las atrevidas anatomías y colores, está ausente esa sensación que da el dibujo anatómico en vivo, el momento en que los pincelazos se convierten en venas y músculos, que existe en Miguel Angel como consecuencia de una maestría digna de ser imitada. Como conjunto, estas pinturas son notables dentro del desarrollo de Olga Sinclair. Por ejemplo, en la figura La Notte, presenta un cuerpo sensual y tridimensional que simultáneamente conjuga sus formas con el espacio plano de una pintura abstracta de dramático fondo salmón con inserciones de blanco, negro y rojo. La figura humana en su segunda interpretación de la Pieta Rondanini parece soportar la carga del mundo en su sombra, como el eco de su contorno. También impactan las figuras de los esclavos titulados Giovane, Atlante y Morente, por sus posiciones en contraposto, y por el peso de sus formas anatómicas dentro de ambientes de un verde ácido, manerista, muy apropiado en el contexto de este homenaje al Renacimiento tardío. En contraste, resultan completamente modernos los bien logrados bodegones incluidos en la muestra que reflejan las combinaciones de matices insólitos y líneas apasionadas que esta artista conquista en sus mejores momentos.
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